Empezó con una constatación sencilla: nuestros hijos crecen imposiblemente rápido, y nuestros recuerdos, por muy vívidos que sean, comienzan a difuminarse en los bordes.
Queríamos algo más que fotos dispersas en un carrete. Más que publicaciones en redes sociales perdidas en un feed sin fin. Queríamos un lugar donde cada momento precioso pudiera vivir, organizado, hermoso y significativo.
Un lugar para recordar no solo que nuestra hija dio sus primeros pasos, sino cuándo, dónde y la mirada de pura alegría en su rostro. Un lugar para capturar por qué elegimos su nombre, cuánto pesó al nacer y el sonido tan gracioso que hacía cuando reía.
Y porque la familia no es solo cuestión de humanos, también construimos Zeitarc para nuestros familiares de cuatro patas. El compañero leal que ha estado ahí en todo merece su propia historia.